viernes, 4 de diciembre de 2009

Anoche abrí la puerta del camarote que ocupo en la nave maya. En el momento en que encendí sus lucecitas el panorama era espeso, cargado, con tironeos varios desde distintas galaxias. Diana definitivamente concluyó su extenso abandono del cuerpo. Lenta y absorta caminata hacia el más allá. Se hizo un punto en el horizonte y abstraída, cruzó, dejándome con un agobio de siglos. Ya no es necesario el impulso de volverla hacia mí.

Luego vi la luna bombardeada y me di cuenta de que en la cubierta de la nave ya no existe. Oscura noche fuera del tiempo. La poesía de la demencia calma la angustia que genera este futuro de desastre climático. La nave amarra. Bajo y voy caminando y repitiendo como un mantra que sólo hay que vivir el momento con gratitud. En todas las bocacalles alguien cruza en rojo para torear un poco al mundo. Literalmente.

Entonces inhalo el perfume de los tilos y sólo soy un hombre caminando por el valle bajo la arboleda. Ese instante de brisa fría es alimento.

En el camarote se colaron algunas parejitas. Una se besó, y pude ver desde la cubierta como el camarote se inundaba de sus auras bañando todos los petates. La pasiflora resistió los embates de las tormentas y ahora cruza como un alero la entrada, formando un umbral mágico, derramando su polen como una alucinación sobre los navegantes.

No sé si habrá sido Diana al partir, se rompieron un par de cosas y alguna otra se llevó.

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